miércoles, 7 de mayo de 2008

El ocaso de los genios












Ser un genio mola. Dices cosas que quedan muy cool, la gente te admira, te recuerda y, si eres Dalí, Mecano te dedica una canción surrealista. Pero ser un genio tiene sus inconvenientes: no con ser un excéntrico tienes la vida resuelta. Hay que saber mantener el nivel de tus obras. Y claro, eso cuesta. Exige trabajo, arte, renovación... Un genio se reinventa con cada obra, pero todos pasan en algún momento por su particular ocaso creativo.

Dario Argento ha sido considerado por muchos un genio del cine de terror. Para otros, es sólo un descerebrado al que le pone la sangre. Argento es un freak sangriento: transgresor, extremo y osado, revolvió las entrañas del cine de terror con Suspiria o Deep Red. Obra tras obra, pesadilla tras pesadilla, con la fuerza perturbadora de su mente, Argento ha creado momentos antológicos, sobrecogedores y aterradores. La clásica estrategia de no mostrar nada más que las manos del asesino durante toda la película, por ejemplo, hizo del director italiano todo un maestro del terror. Sin embargo, sus últimos trabajos muestran un acusado desgaste, desvíos innecesarios y cierto barroquismo sangriento falto del carisma precedido.

Sí. Sus películas siempre se han excedido, siempre ha sobrepasado el límite de lo "visible", siempre ha jugado con un gore sucio y malsano no apto para paladares sensibles. Pero cada una de sus trasgresiones nacía de un por qué, se basaba en una necesidad dramática y constitutía un nuevo toque de originalidad a la belleza de lo malsano. En sus últimas obras, como Mother of tears, al director romano se le va la mano por escabrosas secuencias, se pierde con giros de guión innecesarios y termina por convertir sus películas en un vertedero en el que se recicla a sí mismo. Todas las críticas coinciden: este no es el representante del Giallo italiano (las tres primeras obras de este género fueron obra de Argento).


El director parece decidido a repetir la fórmula de lo siniestro como expresión artística, pero su empeño en superarse aumentando el sadismo bizarro de sus inicios deriva en excesos olvidables que se atragantan incluso en las gargantas más acérrimas. Y a pesar de todo, es de esos directores que no puede evitar ramalazos de buen cine ni en sus trabajos más irregulares. Es el privilegio de los grandes, ¿no? Después de hacer historia se les puede perdonar alguna irregularidad. Sus fallos parecen enormes entre tanto buen hacer, pero no pasa nada. A veinticuatro fotogramas por segundo siempre hay espacio para el detalle artístico, aunque éste sea un desliz dentro de una obra erronea.

En ocasiones, Argento parece obligado por su fama a revolver las entrañas del espectador con lo más desagradable o escabroso que logre imaginarse, con alguna insana atrocidad que supere a las anteriores. Quizá le ocurra como a Shyamalan, obligado al “giro final” desde el pelotazo que supuso El sexto sentido. Los dos son directores forzados por su propia fama a superarse así mismos. Si hacen algo diferente, el público lo rechaza. Si repiten, paso a paso, la misma fórmula, el público se aburre. ¿Qué hacer entonces? Sólo los auténticos genios pueden saberlo...

NOTA: Esta entrada es una reescritura de mi artículo para Cookies on the Net en mayo de 2008.

2 comentarios:

Jean Cité dijo...

Y además es padre de Asia Argento. No digo más.

Paul dijo...

Pensaba dedicarle a la niña Argento un pequeño post...