martes, 11 de octubre de 2011

Día 11 de octubre: La melancolía por una botella de whisky


Profecías cumplidas. Lo más interesante de un festival concentrado en el género es que sus representantes no sean sólo explosiones acumulativas, fuegos de artificio más o menos sonoros que eclipsan al previo y conforman un batiburrillo. Lo mejor es que cada cinta replique a otra, que se abra un diálogo entre cineastas de procedencias distintas y un hilo narrativo continuo. Algo a lo que aferrarse en la marea de horarios irregulares, retrasos, cancelaciones y opiniones dispares que están a punto de provocar un cortocircuito en esta robota. ¿Lo huelen? Huele a quemado.

En Another Earth (Mike Cahill, 2011), una réplica amable e inmóvil de la Tierra pasaba a ocupar el cielo de una mañana para otra. O eso daba a entender el metraje. En la rueda de prensa de aquel día, el director bromeó acerca de un plano al final de los créditos en el que se vería a las dos Tierras chocar y arder en llamas. Curiosamente, condenó esa idea mainstream como algo propio del cine de Michael Bay. Y, sin embargo, alguien tan opuesto como Lars Von Trier ha decidido emplear esa imagen como apertura de su aclamada y monumental Melancholia. Melancolía es un planeta, en teoría oculto tras el sol, que de repente emerge en nuestro sistema solar con una trayectoria mortífera para nosotros. Melancolía es, también, la sensación que va embargando a Justine (Kirsten Dunst) el día de su boda, y que la conduce a las garras de una depresión de manual, de la que ninguno de los miembros de su familia, ni su reciente marido, es capaz de salvarla.

Von Trier, que en sus largometrajes luce y analiza sin pudor sus accesos depresivos, ha elaborado un extenso (demasiado extenso, quizá) tratado sobre la depresión, entendida como ese estado melancólico del alma que ansía algo imposible de alcanzar. Un sentido vital. Imagínense, entonces, la escala que adquiere el conflicto si sabemos que en unas horas todo lo que ha existido sobre la superficie terrestre desaparecerá para siempre. Sin embargo, y a la contra de sus últimas películas, el cineasta no carga las tintas en la radicalidad del concepto y prefiere concentrarse en el aspecto más lírico y emocional del relato, alcanzando secuencias, interpretaciones y contrastes visuales de auténtica altura, tan pretenciosas y tan preciosas como no veíamos en su cine o en el cine apocalíptico hacía mucho tiempo. El resultado no es apto para públicos de sueño fácil y poco exigentes, pero quien quiera sufrir la misma clase de terror que Contagion (Steven Soderbergh, 2011) encontrará en la escena final de Melancholia, atravesada por un sonido aterrador que se posa sobre toda la sala, un momento de idéntico desasosiego.

Después del fin, del fin de todo, érase una vez. No es que esta robota haya sufrido un cuelgue en su sistema, es que la esperadísima nueva obra de Francis Ford Coppola se abre con dichas palabras. Rodeado de actores de confianza, el reputado director, harto de su reputación, o de que por activa y pasiva le recuerden la grandeza de sus obras maestras, ha decidido que Twixt sea un perfecto ejemplar de serie B rodada con los mejores medios. Incluido un 3D totalmente prescindible, recurso del que Coppola parece mofarse mediante un sistema que indica al espectador cuándo colocarse las gafas. Y que sólo sucede en dos breves ocasiones. Papá Coppola piensa en los tabiques nasales del público. Lo demás, un discurso nada sesudo sobre el estancamiento y la fertilidad creativa de la mano de un escritor de novelitas de terror (un Val Kilmer cada día más orondo), cuya musa se llama Whisky, que llega a un pueblo donde antaño se detuvo Edgar Allan Poe. Mezclando leyendas locales y trances oníricos, desarrolla una nueva historia gótica digital que toma los elementos clásicos de la literatura de horror de la América profunda (el mismo Poe o Nathaniel Hawthorne) para convertirlos en un ejercicio de liberación, en una enorme broma que seguramente no sea entendida por los talibanes de El Padrino.

Y entusiastas del terror se mostraron Carles Torrens y Rodrigo Cortés, como director y guionista, respectivamente, de Emergo. Esta cinta de casa encantada, que se mueve entre los límites de la realidad, lo sobrenatural y las proyecciones psíquicas, fue acusada por algunos de mera copia del esquema estético de la saga [·Rec], a lo que sus creadores replicaron con una reivindicación del estilo documental y el uso de formatos analógicos como un apoyo para la historia. ¿Acaso le recriminamos a una película el uso del plano medio, tan frecuente en otras tantas? Pues eso.

Más tímido se mostró Bryan Singer en la rueda de prensa que preparó el terreno antes de la entrega del Gran Premio Honorífico durante la gala nocturna. El director de la saga X-Men habló sin tapujos y con mucha humildad de sus proyectos frustrados, el próximo estreno de Jack the giant killer (2012) y la adaptación cinematográfica de Battlestar Galactica; de su infancia enamorada de la sci-fi, sus primeros paseos por los festivales y su enorme interés por todos los reboots y nuevos enfoques de la gran industria hollywoodiense. Prácticamente, de no ser por su fama, como cualquiera de nosotros.

lunes, 10 de octubre de 2011

Día 10 de octubre: Que nos apolillamos y adormilamos...


¿Pueden los vampiros tener resaca? Sus seguidores, al menos, sí, pues la jornada del lunes ha presentado una parrilla algo más ligera tras el atracón del fin de semana y del que está por comenzar a partir de mañana. Como un murciélago con la panza hinchada, Sitges dormita, pero con un ojo abierto. Los vampiros no duermen del todo y vigilan a los incautos. Cientos de ingenuos reunidos en el Auditori para ver la nueva película de Mary Harron, directora de la otrora polémica American Psycho (2000). Cientos de quirópteros con ganas de sangre y colmillos afilados. Pero había resaca.

Las jóvenes protagonistas de The moth diaries, a sus dulces dieciséis, viven en un internado para señoritas y organizan fiestas nocturnas en sus dormitorios, con patatas fritas, bebidas y alguna droga. Viven sus celos, se intercambian confidencias y sienten una punzada ante la simple mención del sexo o del nuevo y apuesto profesor de literatura. Momento de pausa. ¿Seguimos en Sitges? Sí, porque entre las muchachas se ha colado una nueva estudiante, de apariencia extraña (la no menos extraña Lily Cole). Rebecca (Sarah Bolger), la narradora de ese diario repleto de polillas pseudo-poéticas, comienza a encontrar similitudes entre esa inquietante compañera y los relatos vampíricos del siglo XIX, como Carmilla, de Sheridan LeFanu. Y, efectivamente, la trama no es más que un trasvase de la historia de seducción de Drácula, de Bram Stocker, con una Lucy cada vez más consumida de por medio, dotada de una estética plana, de conversaciones más crepusculeras que góticas y de un final completamente anticlimático. Una versión ligera, muy encarrilada al público núbil norteamericano, de los miedos en torno al suicidio que enunciaba Verbo (Eduardo Chapero-Jackson, 2011), y que quizá se cuente entre lo más flojo visto hasta ahora en el festival. Aunque no falte el guiño a los sempiternos cuentos de hadas, esta vez la canción incluida en el relato El enebro, de los hermanos Grimm.

Y el ojo resacoso terminaría por cerrarse del todo con sólo media hora de The turin horse, la obra que cierra la filmografía del cineasta húngaro Béla Tarr. Un caballo que resopla y arrastra un carromato. El conductor y su hija lo encierran en el establo. La hija ayuda a su padre a desvestirse. Mira por la ventana, cuece unas patatas, las pelan y se las comen. Apagan la luz, duermen. Se levantan. Todo en un casi absoluto silencio humano, retratado mediante una fotografía de grises muy contrastados, al estilo de Carl Theodor Dreyer, y recorrida por un viento feroz que rememora a los personajes al borde de la demencia de El viento, de Victor Sjöström, y un reiterativo y solemne hilo musical. Sólo 30 planos en dos horas y media. ¿De verdad cabe una cinta de estas características en Sitges? Para rematar la sensación de extravío, los presentadores de la película advirtieron que en el Festival de Berlín parte del público abandonó la sala, y que no había ningún problema en que esa actitud se repitiera en el Auditori. ¿Ni siquiera los organizadores confiaban en la proyección de un experimento tan radical?

El plato fuerte, frente a extremos tan desequilibrados de la balanza, fueron las propuestas asiáticas The yellow sea (Na Hong-jin, 2010) y Hara Kiri: Death of a Samurai, del siempre esperado Takashi Miike,y la vanguardista historia amorosa de Bellflower (Evan Glodel, 2011), bendecida por un potente estilo visual. La televisión catalana TV3 aprovechó para hablar de sus proyectos en el ámbito de los videojuegos, las multiplataformas y el siempre controvertido tema de la distribución audiovisual en internet. Demasiada seriedad para la búsqueda de lo radical y lo fantástico. O quizá un merecido descanso. El murciélago termina su cabezadita, se sacude las orejas y se despierta…

domingo, 9 de octubre de 2011

Día 9 de octubre: En un lugar del espejo, donde vive mi reflejo...

Érase una vez, debería comenzar en esta ocasión, y en todas las anteriores, y quizá también en las que están por venir. Érase dos veces. Una aquí y otra al lado opuesto del espejo. Pero, ¿dónde es aquí y dónde es allí? ¿Cuál es yo y cuál es otro? ¿Llegaremos a confundirnos con los robots de los carteles de este año, que Hiroshi Ishiguro ha presentado en una masterclass? Este barullo metafísico parece ser el hilo conductor de los últimos días: la pugna con uno mismo supone el encontronazo más difícil de manejar y comprender, y hoy seguimos viendo caras asustadas e indecisas que no encuentran consuelo en el espejo. Te asomas al espejito del baño, persiguiendo una aclaración o un consuelo, y a cambio recibes otra duda. ¿Quién es ése? En Sitges, además, suele hacerse añicos y emplearse como arma arrojadiza. Cuidado.

No hay espejos, pero sí dos mundos especulares, en Another Earth, el debut de Mike Cahill premiado en el Festival de Sundance. Al entusiasta televisivo se le antoja de inmediato una versión indie de los universos paralelos y sutilmente diferenciados de Fringe, además del plato de prestigio que suele entusiasmar a la prensa más sesuda y a los jurados que se decantan por recompensar a las exquisiteces. La cinta de Cahill, muy pausada para el ritmo medio del Festival, le da la vuelta a ese jersey del fantástico que suelen perseguir los más fieles del certamen. Aquí es la ciencia ficción el marco de un drama íntimo, y no a la inversa. Como excepcionalidad de una historia de culpa y redención, aparece en el cielo una réplica exacta de la Tierra. De qué manera se ha acercado tanto y de dónde ha surgido son cuestiones sin respuesta. Al director le interesa, en cambio, el anhelo de la joven Rhoda (interpretada por una excelente Brit Marling) por borrar los errores que ha cometido en este planeta y huir al que se atisba junto a la luna. Allí arriba vive otro yo, tal vez sin tantas penurias. La base de Asimov es empleada para analizar el deseo de empatía, de conexión con otros seres humanos y, por qué no, con uno mismo, sin espejo mediante. Cahill incidió con énfasis en estos aspectos durante la rueda de prensa, y dejó en el aire la posibilidad de las videoconsolas como herramientas de desdoblamiento y reclusión. También dos futuros proyectos: uno sobre la reencarnación y otro acerca de un diseñador de moda que vive debajo del mar. Sic. Tal vez se llame Sebastián.

Continuamos con un puñado de érase encadenados: Michel Ocelot presentó en el Auditori la que parece una apuesta para domingueros de festival cargados de niños. Les contes de la nuit, en la misma estela que sus predecesoras Azur y Asmar (2006) y Princes et princesses (2000), rescata la estética de las linternas mágicas y los teatrillos de recortables (sensación redoblada por un prescindible 3D), que en el cine tuvieron de heredera a Lotte Reiniger. Motivos universales como los objetos mágicos, los animales parlantes, las metamorfosis, los sacrificios y los amores felices protagonizan estos cuentos nocturnos, que no tétricos, en los que terminan destacando más algunos elaborados fondos que la acción de las figuras principales.

Primero fue la reflexión, en segundo lugar la imagen, y por último, el Verbo. El esperado estreno de Eduardo Chapero-Jackson (nombre real, para intrigados) llegó de la mano de su director y los actores Miguel Ángel Silvestre, Alba García, Verónica Echegi, Macarena Gómez y Nawja Nimri, cargado de palabras inesperadas. Ahíto de verso. Un cuento contemporáneo, y no perdemos esa cuerda, según lo define el propio cineasta. El sombrío y crudo relato de Sara, una joven cansada de no encontrar un sentido a su vida y a la que decide poner fin del modo más drástico. El controvertido tema de la película, los adolescentes de clase media derrotados que caen en el suicidio, se rodea de la apariencia más original vista hasta ahora en el certamen. La prosa de Cervantes coexiste con la rima hip-hop, y lo que parece un sacrilegio termina generando, al menos, sorpresa y atracción por ese mundo paralelo, al otro lado de los espejos del baño, donde se alojan almas distintas al resto. Albaceas de la poca belleza y verdad que quedan en el mundo. Ciertos recursos, entre ellos el empleo de secuencias anime, las partes cantadas y los pareados de Miguel Ángel Silvestre, llegan a resultar cargantes mientras se critica, de paso, al sistema educativo español y a la desmesurada construcción inmobiliaria. En apenas hora y media, Chapero-Jackson elabora su particular graffiti contra la desolación de ideales contemporáneos; un grito de ayuda pubescente que durante el post-screening todos los miembros del reparto insistieron en reclamar como propio y necesario, mientras el equipo de efectos especiales comentó en otra masterclass la creatividad inherente a cintas de bajo presupuesto como ésta.

Por desgracia, los gritos son tan comunes en estos lares que ya nadie sospecha que realmente estén reclamando algo. Que el causante no sea un vampiro o un licántropo. Pero algunos gritos son escuchados y, tal fue el caso de los novatos Mike Cahill y Eduardo Chapero-Jackson, hallan la felicidad y el plato de las perdices en este negro rincón de la Costa Brava. El cuento interminable se seguirá narrando...

sábado, 8 de octubre de 2011

Día 8 de octubre: Ponga un portero automático en su vida


Este año, Sitges es como el tren de la bruja. Pasamos de un resto de luz, mínimo pero suficiente para aferrarnos aún a una realidad amable, hacia una vestidura de oscuridad cada vez más tupida. De las nieves hirientes de Eva (Kike Maíllo, 2011) a un edificio modernista de Barcelona, el fetiche de Jaume Balagueró, que vino con el resto de su equipo a presentar Mientras duermes, respiro en su tetralogía Rec. Y blancos son los saludos típicos, casi omisibles, que se intercambian un portero y los vecinos; blanca es la porcelana que puede terminar empapada de sangre. En Sitges, como a los narradores de cuentos tradicionales, gusta el olor del plasma por las mañanas.

Porque después de Intruders (Juan Carlos Fresnadillo, 2011) no nos abandona el imaginario tétrico de los Grimm o Perrault, y el mismo Balagueró invocó durante la rueda de prensa al lobo feroz y a la bella durmiente para definir a los protagonistas de su nueva película; un realista, aunque por momentos inverosímil, retrato de un maníaco incapaz de ser feliz, quien sólo halla cura en destrozar las vidas del resto. En especial de una joven risueña que planta sonrisas radiantes ante cualquier tropiezo. Una suerte de Amélie Poulain diabólica que deja un rastro de mala baba en los pisos vacíos de sus ingenuos habitantes. Las negras travesuras de este portero, César, interpretado por un Luis Tosar siempre eficaz y repleto de matices, despertaron no pocas risas en la grada del público; pero, ¿realmente merece esa respuesta? Mientras duermes, movida por un ritmo pausado pero desasosegante, funciona a pesar de los numerosos stalkers cinematográficos que la preceden: ahí estaban el vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931) o el hombre sin olfato de El perfume (Tom Tykwer, 2005), por poner dos extremos temporales, intentado que nos identificáramos con el villano. Quizá resulte difícil conseguirlo, aun sin llegar en ningún momento a justificarlo, pero resulta loable el intento por introducir escenas brutales en una línea recta de actos cotidianos. Amén de una denuncia soterrada a la pérdida de intimidad por la que se mueven los tiempos modernos, y de una involuntaria sombra que cae sobre el gremio de porteros…

Como drástico cambio de tono, la siguió en el Auditori la enésima adaptación de la obra maestra de Charlotte Brontë, Jane Eyre, dirigida por un joven Cary Fukunawa (Sin nombre, 2009), convencidísimo de que las versiones anteriores no consiguieron reflejar fielmente el espíritu tenebroso de la novela, pero la suya sí. Dejémoslo en su nube. Una película de este tono, el conocido romance entre la institutriz y el amo de la casa en pleno siglo XIX, parece aún más anticuada en un festival de este calibre, aunque el gótico haya fundamentado el género y no pocas cintas hayan rendido homenaje al motivo del ala prohibida y la mujer encerrada en el ático. La cinta, como todas las producciones de época de corte británico, exhibe una corrección de estilo ejemplar que se desinfla al buscar el más mínimo apunte de innovación. Quizá tampoco lo necesite, y al público más fiel le baste con una revisión moderna de ese señor Rochester que ha perdido toda su rudeza y luce rasgos firmes y trato suave de mano de Michael Fassbender. Un hombre bello en pantalla grande a media mañana es como un croissant recién hecho; todo lo opuesto al espanto.

Y para dulces los que parecían repartir en el acto especial organizado por la distribuidora de Amanecer (Bill Condon, 2011), cuarta entrega de la saga Crepúsculo. Pero falsa alarma: eran mochilas de merchandising pensadas para crear postes publicitarios gratuitos y andantes, junto a la guionista Melissa Rosenberg y un tal Booboo Stewart, cuyo nombre entra en colisión con su papel de pseudo-licántropo. Tras soportar unos minutos de carreras, chillidos y preguntas del público tan profundas como "Why are you so hot?", le perdonarán a esta robota que abandonara la sala a toda prisa. Un actor inteligente habría respondido que eso es imposible con el aire acondicionado del Auditori.

Un experimento curioso: enfrentar a los muchachos de Attack the block, película a competición, a las hordas de fangirls crepusculares, casi tan arrolladoras y peligrosas como los aliens simiescos y de dentadura ultravioleta que invaden la Tierra en la cinta de Joe Cornish. La práctica ausencia de material extraterrestre en el certamen de este año (a la espera de Nacho Vigalondo) se compensa con esta historia rodada desde el interior de un bloque de edificios suburbiales, asediado por bichos en un casi continuo fuera de campo. Sin embargo, la auténtica subversión del filme es ese modo de erigir a los gamberros de barrio londinense, tan noticiosos últimamente, en héroes incomprendidos. No falta un secundario clamando que siempre se arresta a la gente equivocada. ¿Podemos simpatizar con una panda de maleantes que dedica las horas a emborracharse, drogarse, abusar del débil y atracar chicas desprevenidas? Bien, también a salvar nuestro planeta de amenazas sobrehumanas. Pero dado que eso sólo pueden soñarlo frente a las consolas, permítanme decir que en mi caso resulta complicado empatizar con estos chicos. Connotaciones sociales aparte, en las que Cornish no pretende meter baza, la película no es Zombies party (Edgar Wright, 2004) ni Scott Pilgrim vs. the world (Edgar Wright, 2010), como se anuncia, pero su alma de gamberrada pop las hermana.

A última hora, un Balagueró visiblemente emocionado ha recogido su premio Máquina del Tiempo tras la presentación en exclusiva del tráiler de [Rec] 3 Génesis, donde Leticia Dolera proclama, entre sierras mecánicas y encajes blancos manchados de sangre, que ése es su día. El de Balagueró, al menos en cuanto a la omnipresencia de Mientras duermes, también.


viernes, 7 de octubre de 2011

Día 7 de octubre: Ese lobo con alzacuellos enamorado de la luna



No dejan de inspirar ternura los reporteros que, como una servidora, aún se dejan acompañar de libreta y pluma. Cosas de softwares anticuados. Algunos de estos raros especímenes pueblan las ruedas de prensa, y parecen hacerlo como tributo hacia un nuevo reciclaje del cine español, que en esta entrega del Festival está demostrando un notorio afán por explorar las raíces (por qué no decirlo, las más podridas) y una enorme voluntad de podarlas y ofrecer nuevos ejemplares, salvajes con corazón de invernadero. Bonitos centros de mesa, como fue el caso de Eva (Kike Maíllo, 2011), que se revelan flores de plástico en la primera película del día, Lobos de Arga (Juan Martínez Moreno, 2011).

Uno de esos ramos de almacén asiático que ni visto desde un escaparate lejano da el pego, aunque luce una manufactura simpática, carne de consumo para gente hortera. Lobos de Arga se acerca más a la simpatía que a la horterada, y toma la típica cita en la gran pantalla con leyendas de hombres lobos gallegos desde la nota del humor que suele despuntar sobre el tono predominante del certamen. Tampoco se trata de la primera vez que desde casa se juega a la autoparodia y al humor gore de tintas suaves. El elenco principal de actores, Gorka Otxoa, Carlos Areces y Secun de la Rosa, tan cómplices en la rueda de prensa como se muestran en pantalla, parecen más próximos al espíritu de sus respectivas cunas televisivas y de largos como Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009). La mágica fórmula hollywoodiense de sumar dos géneros de consumo masivo, como son el terror y la comedia, se traviste en una aventura de tres héroes catetos contra una maldición centenaria y una pandemia de licantropía. Como los crepusculines que arribarán mañana, pero sin músculos de teletienda y un humor adolescente que pretende venderse como amable desparpajo. Nada nuevo, ni siquiera su más celebrada escena: el jaleo entre un perro y un dedo ya lo habíamos visto, pero sin nuestro toque de surrealismo almodovariano, en Kiss Kiss Bang Bang (Shane Black, 2005).

Y si Lobos de Arga subraya el (risible) pavor hacia la invasión de un mal desatado, como lo fue el virus de Contagion, Intruders, el híbrido euro-americano de Juan Carlos Fresnadillo, prefiere explorar el nacimiento interno de miedos similares. Sin ánimo de desvelar más de lo imprescindible, Intruders narra la intrusión del terror en las vidas de dos niños y sus respectivos padres, y lo hace mediante la tan en boga recuperación de cuentos de horror con ecos intemporales. Desde dos escenarios casi opuestos, una ciudad cualquiera de España y un suburbio londinense, las líneas narrativas se tienden lazos que acaban desvelando un nudo de intensidad dramática valiente e intensa.

Como reveló el propio Fresnadillo durante el post-screening, Intruders refleja el modo en que los niños se asoman a los oscuros secretos de sus progenitores para echar un vistazo a la negrura que les espera cuando crezcan. A pesar de algunos apuntes efectistas (y de un diseño de la criatura sospechosamente similar a los dementores de la saga Harry Potter), la película logra un miedo íntimo con fundamentos de drama, lo cual no se aleja demasiado del propósito original de los cuentos de hadas. El revival que vive este género literario entre los cineastas no es casual: no sólo muchos de ellos se aproximan a una edad en que sienten la tentación de revisitar su niñez, sino que ésta parece acortarse a cada generación a pasos agigantados. Los cuentos quedan, entonces, en manos de los adultos, y Fresnadillo reconoce haber vivido durante la preparación del filme el afloramiento de viejos traumas familiares heredados. Por cierto que la trama presenta notables paralelismos con una novela de Kate Morton, The distant hours, reiterativa y sensiblera, y que esta robota prefirió no sacar a relucir en público. Dos defectos que, por fortuna, no posee esta nueva vuelta de tuerca en la prometedora carrera del director tinerfeño.

La segunda jornada arranca su tramo nocturno con una luna cada vez más llena en Sitges. Será fácil reconocer a un licántropo entre los cinéfilos insomnes y los reporteros con prisas. Siempre llevarán en la mano un redbull, si vienen del otro lado del Atlántico (atrás quedaron los discotequeros tiempos de Michael J. Fox), o un alzacuellos sobre la yugular, si hablamos de nuestros hombres lobo rurales, auténticos de pelo en pecho.