viernes, 7 de octubre de 2011

Día 7 de octubre: Ese lobo con alzacuellos enamorado de la luna



No dejan de inspirar ternura los reporteros que, como una servidora, aún se dejan acompañar de libreta y pluma. Cosas de softwares anticuados. Algunos de estos raros especímenes pueblan las ruedas de prensa, y parecen hacerlo como tributo hacia un nuevo reciclaje del cine español, que en esta entrega del Festival está demostrando un notorio afán por explorar las raíces (por qué no decirlo, las más podridas) y una enorme voluntad de podarlas y ofrecer nuevos ejemplares, salvajes con corazón de invernadero. Bonitos centros de mesa, como fue el caso de Eva (Kike Maíllo, 2011), que se revelan flores de plástico en la primera película del día, Lobos de Arga (Juan Martínez Moreno, 2011).

Uno de esos ramos de almacén asiático que ni visto desde un escaparate lejano da el pego, aunque luce una manufactura simpática, carne de consumo para gente hortera. Lobos de Arga se acerca más a la simpatía que a la horterada, y toma la típica cita en la gran pantalla con leyendas de hombres lobos gallegos desde la nota del humor que suele despuntar sobre el tono predominante del certamen. Tampoco se trata de la primera vez que desde casa se juega a la autoparodia y al humor gore de tintas suaves. El elenco principal de actores, Gorka Otxoa, Carlos Areces y Secun de la Rosa, tan cómplices en la rueda de prensa como se muestran en pantalla, parecen más próximos al espíritu de sus respectivas cunas televisivas y de largos como Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009). La mágica fórmula hollywoodiense de sumar dos géneros de consumo masivo, como son el terror y la comedia, se traviste en una aventura de tres héroes catetos contra una maldición centenaria y una pandemia de licantropía. Como los crepusculines que arribarán mañana, pero sin músculos de teletienda y un humor adolescente que pretende venderse como amable desparpajo. Nada nuevo, ni siquiera su más celebrada escena: el jaleo entre un perro y un dedo ya lo habíamos visto, pero sin nuestro toque de surrealismo almodovariano, en Kiss Kiss Bang Bang (Shane Black, 2005).

Y si Lobos de Arga subraya el (risible) pavor hacia la invasión de un mal desatado, como lo fue el virus de Contagion, Intruders, el híbrido euro-americano de Juan Carlos Fresnadillo, prefiere explorar el nacimiento interno de miedos similares. Sin ánimo de desvelar más de lo imprescindible, Intruders narra la intrusión del terror en las vidas de dos niños y sus respectivos padres, y lo hace mediante la tan en boga recuperación de cuentos de horror con ecos intemporales. Desde dos escenarios casi opuestos, una ciudad cualquiera de España y un suburbio londinense, las líneas narrativas se tienden lazos que acaban desvelando un nudo de intensidad dramática valiente e intensa.

Como reveló el propio Fresnadillo durante el post-screening, Intruders refleja el modo en que los niños se asoman a los oscuros secretos de sus progenitores para echar un vistazo a la negrura que les espera cuando crezcan. A pesar de algunos apuntes efectistas (y de un diseño de la criatura sospechosamente similar a los dementores de la saga Harry Potter), la película logra un miedo íntimo con fundamentos de drama, lo cual no se aleja demasiado del propósito original de los cuentos de hadas. El revival que vive este género literario entre los cineastas no es casual: no sólo muchos de ellos se aproximan a una edad en que sienten la tentación de revisitar su niñez, sino que ésta parece acortarse a cada generación a pasos agigantados. Los cuentos quedan, entonces, en manos de los adultos, y Fresnadillo reconoce haber vivido durante la preparación del filme el afloramiento de viejos traumas familiares heredados. Por cierto que la trama presenta notables paralelismos con una novela de Kate Morton, The distant hours, reiterativa y sensiblera, y que esta robota prefirió no sacar a relucir en público. Dos defectos que, por fortuna, no posee esta nueva vuelta de tuerca en la prometedora carrera del director tinerfeño.

La segunda jornada arranca su tramo nocturno con una luna cada vez más llena en Sitges. Será fácil reconocer a un licántropo entre los cinéfilos insomnes y los reporteros con prisas. Siempre llevarán en la mano un redbull, si vienen del otro lado del Atlántico (atrás quedaron los discotequeros tiempos de Michael J. Fox), o un alzacuellos sobre la yugular, si hablamos de nuestros hombres lobo rurales, auténticos de pelo en pecho.

2 comentarios:

Media y del mar dijo...

Creo que esos softwares anticuados que utilizas son el germen de las personales crónicas que escribes. Textos impregnados de tu característico estilo poético y detallista. Gracias por abrirnos ventanas a la luna de Sitges ;)

Alma Moira dijo...

Pero mira que eres requetemaja y media (leer con soniquete robótico).